Miembros de El Comité durante el podcast en recreación de la batalla de Brunete en los depósitos de Quijorna

Recreación batalla de Brunete: El Comité en Quijorna

El Comité. Grupo de Recreación Histórica participó en la novena edición de la recreación de la batalla de Brunete, celebrada en Quijorna (Madrid) en julio de 2025. Durante el evento, el equipo de Rutas con Historia —una empresa cultural madrileña especializado en visitas guiadas, rutas teatralizadas y experiencias inmersivas por escenarios históricos— entrevistó a cuatro miembros de la asociación para su podcast.

El resultado es una conversación extensa en la que Pablo, Lara, Gabriela y Mateo explican qué les llevó a la recreación histórica de la Guerra Civil, cómo gestionan el vínculo emocional con un conflicto que marcó a sus propias familias y por qué consideran que esta actividad cumple una función social que va mucho más allá de vestir un uniforme.

Agradecemos a Rutas con Historia el espacio y el interés por dar voz a la recreación histórica como herramienta de divulgación rigurosa. El vídeo completo puede verse en su canal de YouTube.

De la universidad al campo de batalla

Uno de los aspectos que distingue a El Comité de otros colectivos es la formación académica de sus integrantes. Los cuatro entrevistados son historiadores titulados por las universidades de Zaragoza, Complutense de Madrid, Burgos y la UNED, y coinciden en un diagnóstico compartido: el mundo académico, con frecuencia, no consigue trasladar el conocimiento histórico a la sociedad.

Pablo, presidente de la asociación, lo resume con claridad: la recreación le permitió dar el salto del ámbito universitario a un formato interpretativo sin renunciar al componente científico. Lara, profesora de Geografía e Historia en un instituto público de Madrid, añade que la universidad a veces peca de construir una «torre de marfil» que la ciudadanía no puede escalar. La recreación ofrece un camino alternativo para que ese conocimiento llegue a la calle.

Gabriela y Mateo, por su parte, representan dos vías de entrada distintas. Gabriela llegó desde la fascinación infantil por el cine de época y el vestuario histórico, que la llevó a aprender a coser sus propios patrones y a estudiar la historia de la moda. Mateo, especializado en Historia Contemporánea de Sudamérica, encontró la recreación casi por casualidad: un anuncio en internet de una asociación napoleónica mientras pasaba un agosto «tumbado a la pachorra en el sofá». Ambos dieron el salto desde la recreación napoleónica a la Guerra Civil española, motivados por la cercanía emocional de un conflicto que todavía marca a las familias españolas.

La memoria que guardan las familias

El bloque más intenso de la entrevista aborda el vínculo personal de cada recreador con la Guerra Civil. Las historias familiares que comparten ilustran hasta qué punto el conflicto sigue presente, muchas veces en forma de silencio, en los hogares españoles.

Pablo relata una doble herencia marcada por el silencio. Su familia paterna combatió en el bando franquista; su abuelo fue camillero y desarrolló lo que hoy identificaríamos como un severo síndrome de estrés postraumático. Vivió hasta los 104 años y solo en sus últimos tiempos se decidió a hablar de lo que vio: recoger restos humanos en el campo de batalla, cargar camillas con heridos y con los fragmentos de sus cuerpos. En el lado materno, la familia sufrió represión en Zaragoza e interiorizó un silencio que duró generaciones. El punto de inflexión llegó cuando Pablo le enseñó a su abuela una fotografía de sí mismo vestido de recreador. Ella, que nunca había hablado de la guerra pese a saber que su nieto era historiador con dos másteres, le dijo: «Yo tengo fotos de mi padre vestido igual.» La investigación posterior reveló que aquellas imágenes correspondían a la guerra del Rif, no a la Guerra Civil —un error de percepción familiar que la recreación ayudó a corregir y contextualizar.

Lara representa la historia de quienes no figuran en los libros: los «don nadie». Su abuela quedó huérfana en un Madrid bombardeado y su familia paterna vivió el conflicto como un eco lejano en una pequeña aldea de la sierra del Valle Amblés, en Ávila. No heredó grandes relatos, pero esa ausencia de historia es precisamente lo que la empuja a reconstruir la experiencia de la población civil invisible.

Gabriela descubrió su vocación a través de la arqueología. Durante su carrera en Burgos participó en la excavación de fosas comunes de la Guerra Civil. Describe una semana entera sin hallazgos hasta que, el penúltimo día, aparecieron la suela de una alpargata y un cinturón. El nieto de una de las personas enterradas reconoció el cinturón de su abuelo y se derrumbó emocionalmente. Gabriela señala un problema estructural: en bachillerato, la Guerra Civil apenas se estudia. Son los típicos temas que los profesores dejan para la selectividad y que los alumnos evitan en favor de bloques más cómodos.

Mateo aporta la complejidad de las microhistorias familiares. Su bisabuelo materno, Niceto, fue Camisa Vieja de Falange —estuvo en el acto del Teatro de la Comedia— y pasó los tres años de la guerra preso frente a su propia casa, donde su mujer y sus tres hijos escuchaban las palizas. Su abuelo paterno, en cambio, era republicano convencido. A pesar de estar en bandos opuestos, ambas familias convivieron, protegieron a perseguidos del bando contrario y terminaron casándose entre sí. Como dice Mateo, sus abuelos enterraron el hacha de guerra y quizá lo hicieron con más determinación que muchas generaciones posteriores.

Rigor en cada costura y cada documento

La recreación de la batalla de Brunete no se limita a los combates simulados. El Comité montó un puesto de propaganda en los depósitos de Quijorna donde expuso reproducciones de panfletos, postales, entradas de teatros colectivizados por la UGT y documentos clasificados por fechas y zonas de reparto. Cada pieza responde a un proceso de investigación previo: qué material se distribuía, en qué época y en qué contexto geográfico.

Gabriela explica que la confección de indumentaria histórica es en sí misma un ejercicio de arqueología experimental: investigar patrones de época, estudiar los tipos de costura, analizar los materiales disponibles y reproducir la estética de cada momento. El resultado no es solo visual; vestir con rigor ayuda a interiorizar el comportamiento del personaje y a transmitir al público una imagen fiel de cómo era la vida cotidiana en aquella España.

Pablo muestra a cámara lo que llama su «kit de supervivencia»: una cartera de época con dinero original, carnés de milicias comunistas, carnés de milicias anarquistas, documentación de Falange y de Columna Durruti. Un arsenal documental que ejemplifica el pragmatismo de supervivencia que muchos ciudadanos tuvieron que adoptar, cambiando de identidad según el frente en el que se encontraran. Mateo, por su parte, porta un crucifijo bajo el uniforme republicano: un detalle mínimo que basta para explicar que un combatiente del bando gubernamental podía mantener profundas creencias católicas y estar en desacuerdo con aspectos de la propia República.

El grupo lanza además un llamamiento a la conservación del patrimonio textil de la guerra. Muchos uniformes originales de algodón terminaron convertidos en trapos de cocina porque, cuando sus propietarios murieron, nadie reconoció su valor histórico. No son un Goya ni un Velázquez, pero siguen siendo patrimonio cultural de la nación.

La recreación como ejercicio democrático

Pablo no oculta que la recreación de la batalla de Brunete —y la recreación de la Guerra Civil en general— genera rechazo. Ha recibido gritos, increpaciones e incluso la incomprensión de familiares directos que consideran que la actividad frivoliza el sufrimiento real. Un tío suyo le pregunta abiertamente por qué anda «disfrazándose de estas cosas» con todo lo que se sufrió.

La respuesta del grupo es contundente: el silencio no sana heridas. La recreación cumple una función social al romper las construcciones monolíticas que reducen la Guerra Civil a dos bloques sin fisuras. Las microhistorias familiares —un falangista preso frente a su casa, un republicano católico— demuestran que la realidad fue infinitamente más compleja y más humana de lo que los relatos partidistas permiten ver.

Uno de los momentos más reveladores de la entrevista es la descripción del final de cada recreación: los participantes de ambos bandos se abrazan, se felicitan e intercambian material de investigación. Pablo cuenta que los compañeros que recrean el bando franquista reciben propaganda republicana de manos del comisariado político, y él recibe papel de carta de requetés a cambio de una postal que no tenía. Seis, siete, ocho años de convivencia construyen vínculos que demuestran, en la práctica, lo que el grupo predica en la teoría: quedarse con los ejemplos de gente que arriesgó su vida por salvar a personas de ideas contrarias es lo que construye una sociedad sana en el siglo XXI.

La recreación, en definitiva, no es un juego ni un disfraz. Es una herramienta de divulgación histórica que permite llevar al espacio público un conocimiento que la academia no siempre consigue transmitir y que muchas familias han mantenido enterrado durante generaciones.

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