El Comité. Grupo de Recreación Histórica llega a este 18 de julio de 2026 con una cita ineludible: se cumplen 90 años del inicio de la Guerra Civil española. Nueve décadas después de aquel verano de 1936, el conflicto sigue siendo el acontecimiento que más ha marcado la historia contemporánea de España y uno de los episodios centrales de la Europa del siglo XX.
Este aniversario no es una fecha cualquiera. Los testigos directos desaparecen, las memorias familiares se diluyen y las nuevas generaciones se acercan a la guerra a través de pantallas, novelas y redes sociales, lo cual, a veces, no es la mejor garantía. Por eso conviene volver a lo esencial: explicar qué ocurrió, por qué ocurrió y qué supuso para el conjunto de la sociedad española, con honestidad, rigor documental y un lenguaje claro.
18 de julio de 1936: el golpe que se convirtió en guerra
La sublevación militar comenzó el 17 de julio de 1936 en el protectorado español de Marruecos, y se extendió a la península al día siguiente. Los sublevados esperaban un triunfo rápido, pero el golpe fracasó en buena parte del país —incluidas ciudades esenciales como Madrid (la capital del país), Barcelona (segunda ciudad más poblada) y Valencia (importante puerto del Mediterráneo) — y ese fracaso parcial desembocó en una guerra de casi tres años, que terminó el 1 de abril de 1939.
La investigación histórica ha demostrado que aquel golpe no fue una reacción improvisada. La conspiración hunde sus raíces en el ruido de sables del siglo XIX, en la concepción del Ejército de considerarse el salvador de la Patria e inmiscuirse en asuntos de política y en los movimientos más conservadores de la sociedad española. Ejemplos muy similares en el tiempo podrían ser el golpe de estado de Primo de Rivera en 1923, la Sanjuanada de 1926, la Sublevación de Jaca en 1930 o la Sanjurjada de 1932. Es decir, el golpe de estado del 18 de julio de 1936 no representaba una solución novedosa, que existiera una conspiración militar que quisiera deponer a un gobierno civil era algo que se escapaba de la normalidad, pero no era algo totalmente excepcional.
Aun así, conviene recordar la secuencia con precisión: primero hubo un golpe de Estado contra la Segunda República; después, al no triunfar ni fracasar del todo, una guerra civil. Distinguir ambos momentos no es un matiz académico, sino la base para entender todo lo que vino después.
Dos Españas en guerra: la fractura de toda una sociedad
La guerra dividió el país en dos zonas, pero la fractura fue mucho más honda que una línea en el mapa. Partió familias, poblaciones, cuarteles y parroquias. Millones de españoles quedaron adscritos a un bando por pura geografía: el lugar donde les sorprendió el
18 de julio determinó, en muchos casos, dónde combatieron y el destino que tuvieron que padecer.

En ambas retaguardias se desató una violencia que golpeó de lleno a la población civil. Miles de personas fueron perseguidas, encarceladas o asesinadas por sus ideas, su oficio o sus creencias, en un lado y en otro, con lógicas y magnitudes que la historiografía ha diferenciado con detalle. A ello se sumaron los bombardeos sobre las ciudades, el hambre, el racionamiento y el desplazamiento de cientos de miles de refugiados.
Los soldados de ambos ejércitos fueron, en su inmensa mayoría, hombres corrientes movilizados en sus quintas: jornaleros, estudiantes, oficinistas y campesinos que vistieron el uniforme que les correspondió. Aunque en un primer momento los combatientes estaban fuertemente ideologizados, las bajas de la propia guerra y el cansancio bélico hicieron mella en el entusiasmo combativo, sobre todo a partir de 1938. Comprender su experiencia cotidiana —el frío de la trinchera, el rancho, el correo, el miedo— es comprender la guerra desde abajo, allí donde la vivió la gente común.

El final del conflicto no cerró la herida. La posguerra trajo un exilio masivo, represión y décadas de silencio, y sus consecuencias alcanzaron a varias generaciones de españoles.
Lo que la historiografía ha aprendido en 90 años
Noventa años dan para mucho. La Guerra Civil es hoy uno de los episodios mejor estudiados de la historia europea gracias al trabajo de historiadores como Julián Casanova, Ángel Viñas o Paul Preston, que llevan décadas investigando en archivos españoles y extranjeros.
Casanova, catedrático de la Universidad de Zaragoza (un vínculo aragonés que sentimos especialmente cercano porque llegó a ser el profesor de algunos de nuestros miembros), ha publicado en 2026 España partida en dos, una adaptación al cómic de su breve historia de la guerra pensada para acercar el conflicto a nuevas generaciones de lectores sin renunciar al rigor. Preston ha iluminado la dimensión internacional del conflicto y el alcance de la represión, y Viñas ha desmontado, documento a documento, los mitos construidos en torno al 18 de julio.
La efeméride ha reactivado además la investigación: en 2026 han llegado a las librerías nuevos títulos —entre ellos Cómo terminó la guerra civil española, de Gutmaro Gómez Bravo— y universidades de todo el país dedican seminarios y jornadas a repensar el conflicto nueve décadas después. La conclusión de fondo es clara: la historia de la guerra no se escribe con opiniones heredadas, sino con documentos, archivos y método.

Sin embargo, la pregunta que nos surge es ¿realmente esos congresos, seminarios y jornadas están llegando a la ciudadanía, o por el contrario se están quedando solamente en círculos académicos?
Recrear para comprender: la memoria desde la recreación histórica
¿Y qué papel juega aquí la recreación? Uno esencial. La recreación histórica de la Guerra Civil traduce el conocimiento académico en experiencia directa: permite ver, tocar y escuchar la historia. Un uniforme reconstruido con patrones y tejidos documentados, un campamento fiel a las fotografías de época o una demostración de instrucción explican en minutos lo que un manual tarda páginas en transmitir.
Las técnicas de Living History recuperan la vida cotidiana del soldado y de la retaguardia de ambos bandos —milicianos y soldados regulares, civiles, sanitarios, transmisiones— sin caricaturas ni bandos de buenos y malos. No se trata de teatro: cada pieza, cada gesto y cada escena parte del estudio de fuentes primarias, fotografías, manuales y testimonios.

Esa es también la base de nuestras actividades de divulgación histórica: jornadas didácticas, colaboraciones con museos y centros educativos, y proyectos que acercan la guerra a quienes ya no pueden preguntar a sus abuelos. En Aragón, además, el territorio conserva las huellas físicas del conflicto: lo contamos en nuestro artículo sobre el incendio de la Sierra de Alcubierre y la memoria del frente de Aragón.
Una efeméride para las nuevas generaciones
El 90 aniversario de la Guerra Civil española llega en un momento en el que apenas quedan testigos directos. La responsabilidad de transmitir lo ocurrido pasa ahora a los historiadores, a los educadores y también a quienes practicamos la recreación histórica con vocación divulgativa.

Recordar el 18 de julio de 1936 no consiste en reabrir heridas ni en crear trincheras, sino en comprender cómo una sociedad entera se precipitó en una guerra fratricida y qué costó salir de ella. Ese conocimiento, riguroso, sereno y compartido, es el mejor antídoto contra el olvido y el mejor homenaje a quienes la sufrieron.
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